AFINIDADES: ENTREVISTA A JORDI DOCE por PERROS EN LA PLAYA (LA OFICINA EDICIONES, 2011)

*Recientemente mi amigo Jordi Jordi Doce respondió a las preguntas que le planteé tras haber leído su maravilloso libro Perros en la playa (La Oficina Ediciones, 2011).

ÓSCAR CURIESES. ¿Qué diferencias hay entre Hormigas Blancas y Perros en la playa?

JORDI DOCE. Básicamente, algo que ya has observado en una de las preguntas de este cuestionario: un mayor desarrollo, quizá, de algunas entradas, una escritura más discursiva, bien sea en forma de entrada de diario o de apunte ensayístico. Sospecho que lo personal está más presente en este nuevo libro, o que lo está de manera menos sublimada y estilizada que en Hormigas… Algún lector cercano también ha percibido un mayor peso de la experiencia vital o íntima y también un tono más amargo, más desencantado… Es posible.

ÓC. ¿Cuáles son tus referentes a la hora de abordar estos cuadernos de escritura? Citas muchos de ellos pero quizá algunos te parezcan más importantes que otros. ¿Hay imprescindibles en el género?


JD. Creo que he mencionado a la mayor parte de mis padres protectores en un momento u otro de la escritura de estos cuadernos: el Julien Gracq de Letrinnes y Carnets du grand chemin, Claude Roy, el Camus de los Carnets y, por supuesto, Canetti, Lichtenberg, Joubert, Chamfort, Rivarol… No sé por qué razón, en español la escritura fragmentaria tiende menos al aforismo y más al vuelo imaginativo y la greguería. Entre los nuestros recuerdo con cariño los Aerolitos de Carlos Edmundo de Ory (libertad metafórica, seguro azar) y ciertas fulguraciones de Joan Perucho y Rafael Pérez Estrada. Mis últimos deslumbramientos han sido el colombiano Nicolás Gómez Dávila (Escolios a un texto implícito, en Atalanta) y el poeta inglés Don Paterson, autor de un libro memorable: The Book of Shadows.

ÓC. ¿Por qué crees que en nuestro país este tipo de escritura es tan poco frecuentada?


JD. No lo sé, la verdad. Como ya he dicho, el fragmento entre nosotros suele tomar forma de greguería o fogonazo metafórico. Está muy bien, pero es una estrategia limitada, en última instancia. De todos modos, entre los escritores más jóvenes esta escritura comienza a practicarse con insistencia y resultados memorables. Ahí está un libro como Para qué sirven los charcos, del poeta Tomás Sánchez Santiago, que tiene el mismo carácter de miscelánea escrita siempre con mirada y lenguaje de poeta.

ÓC. ¿Cuánto hay de poesía en todas esas notas y aforismos?, ¿es una forma de trascender el propio margen de lo poético?


JD. Creo que sí. Después de Gran angular sentí un cierto agotamiento de lo que suele entenderse por poesía: me impacientaba todo el andamiaje retórico que trae aparejado el poema, la inevitable dosis de impostura verbal que supone (y que en otros momentos, lo sé, es uno de sus grandes atractivos, la raíz de su capacidad de persuasión). Supongo que perdí cierta fe en la poesía como género. Necesitaba reorientarme, cambiar el fondo de armario, como si dijéramos, para escribir otra poesía, más inmediata, menos marcada retóricamente y que, sin embargo, no perdiera ambición intelectual. Ahí sigo aún, sin saber muy bien si será posible. En cualquier caso, Perros en la playa es el diario de ese viaje, el testimonio de un intento por repensar antiguas certezas y al mismo tiempo volver sobre mí mismo, reponer fuerzas, hibernar un poco antes de volver a salir al mundo.

ÓC. Quizá observo en Perros en la playa un mayor desarrollo en algunas entradas frente a Hormigas blancas, que poseía un carácter más de iluminación, más aforístico. ¿Cómo lo ves tú?


JD. Creo que la respuesta a tu primera pregunta viene muy al caso en este punto. Podría añadir, tal vez, que la apertura del blog cuando el libro iba más o menos por la mitad forzó la incorporación de notas de otra clase: visiones de la calle, cosas que uno ve u oye por azar cuando sale de casa y que al anotarlas crecen y se ramifican, observaciones que uno recoge en sus paseos y que al escribirlas van entregando su sentido, siempre reticentes, siempre reservadas. Hubo una etapa en la que me obligué, en cierto modo, a escribir sobre los otros, sobre lo de fuera, como si sólo así pudiera ganarme el derecho, más tarde, al examen interior o introspectivo.

ÓC. ¿De qué manera se relacionan estos libros con un género (si se puede definir así) como el diario?


JD. En realidad, sospecho que este libro es mi forma de entender el género del diario. A lo largo de estos últimos quince años he llevado un diario, pero siempre de manera intermitente y, además, poco atento a sucesos cotidianos o epidérmicos. Esto de ponerme a decir que he hecho esto o aquello, o que me encontré con X y dedicarle algunas ironías, es algo que nunca me ha atraído. Me resulta trivial. Tampoco me gusta en los demás, salvo cuando se trata de un escritor que me apasiona y esa especie de diario notarial me ayuda a entender su obra, su forma de estar en el mundo. E incluso así, como en el caso de Thomas Mann, el resultado siempre me decepciona. Cada vez que he ensayado esa clase de escritura me he sentido ridículo. La veo como una impostura. Mi vida no tiene ninguna importancia para los lectores, salvo en la medida en que haya conseguido convertir mis experiencias personales en materia verbal, trascender lo cotidiano para crear una experiencia de lenguaje de la que otros puedan sentirse partícipes. Así que, por ese lado, los fragmentos de diario que aparecen en este libro tienen para mí el mismo peso, y hasta parecida intensidad verbal, que un poema.


ÓC. ¿Cómo se posiciona el narrador en tus textos? ¿Existen personajes que no quedan marcados como tal a la hora de enunciar algunas entradas?



JD. El narrador en mis textos es casi siempre un observador, también alguien que medita sobre lo que ve. Hay poca narración en mis libros, al menos en sentido estricto… Lo que sí hay es mucha afición al despiste, una oscilación continua entre la primera persona, la segunda y la tercera. A veces hablo de alguien que no soy yo y empleo la primera persona. Otras sucede a la inversa: hablo de mí en segunda o en tercera persona. En parte es consecuencia de mi deseo de borrar huellas y no dejar rastro. Pero también tiene que ver, supongo, con ese impulso de estilizar la realidad de que hablaba antes: estoy hablando de todos nosotros, en realidad no importa quién hace esto o aquello. Lo importante es detectar los rasgos de lo humano, nuestras virtudes y defectos, allí donde aparecen. Sospecho que llevo dentro un moralista, y que está en lucha constante con el poeta que también querría ser.



ÓC. ¿Existe alguna relación con la autoficción en estos dos libros?

JD. Creo que todo lo que escribo es autoficción, si por ello entendemos tomar los materiales de tu propia vida (experiencia vital, lecturas, imaginación…) y estilizarlos o sublimarlos formalmente de tal modo que puedan ser compartidos y asumidos y reencarnados por otros lectores. Carezco del talento para inventarme personajes, o al menos –a la vista está– no es algo que haya sabido cultivar hasta el momento. Sí hay, no obstante, mucha imaginación y mucha inventiva verbal, pero sospecho que puesta al servicio de las obsesiones y compulsiones del yo. En este sentido, al menos, este libro es una prolongación natural de mis libros de poemas anteriores.


ÓC. ¿Cuál es la mayor dificultad a la hora de ordenar las entradas y conseguir el ritmo del conjunto?

JD. Para mí al menos no supone ninguna dificultad. Es más, uno de los momentos más placenteros en la elaboración de este libro ha sido precisamente la etapa de montaje, el ir nota por nota y fragmento por fragmento revisando, reescribiendo y reordenando el conjunto. Supongo que uno busca una mezcla de coherencia argumental y variación dramática, como si ordenara los cortes de un disco y combinara temas lentos con otros más movidos, dejando los experimentos o los caprichos para el final de la cara A o la mitad de la cara B (como ves, sigo pensando en términos de vinilo). Algo así. Se trata, en realidad, de dejar que el material respire, de escucharlo atentamente, y luego obedecer la propia intuición. Lo más difícil suele ser decidir qué fragmentos deben quedar fuera, pero cuento con la ayuda inestimable de algunos amigos cercanos, en especial de de Marta Agudo, que es una lectora rigurosa y con una enorme intuición. Me ha ayudado muchísimo a cerrar estos dos libros: su labor de poda en Hormigas blancas fue espectacular.


ÓC. Ambos textos están cargados de una enorme sensibilidad poética, una gran sutileza, un muy interesante uso de la ironía y un inteligente cuestionamiento del propio narrador. ¿Qué opinión te merecen esos elementos como lector?

JD. Ojalá todos estos rasgos que ves en el libro estuvieran realmente presentes. Me interesa, sobre todo, el componente de burla, incluso la ironía lanzada contra uno mismo, el desactivar cualquier intento de presunción vanidosa del que habla en este libro. No siempre lo consigo, porque a veces la dimensión lírica excluye la ironía o necesita de la hipérbole para afirmase. Pero sí aparece, creo, en muchos aforismos y fragmentos breves: ironizar sobre uno mismo, cuestionar los presupuestos de la escritura, abre grietas por donde se cuela un aire muy saludable para todos, incluido el lector; es un aire de confianza, de complicidad. Tengo siempre muy presente ese «No te pongas estupendo» de Valle-Inclán, ese aviso a navegantes con tendencia a la pose y el pedestal, sea cual sea. Por otro lado, toda escritura tiene una dimensión retórica, y la distancia que separa esta retórica necesaria de la afectación y el artificio embaucador es muy pequeña, casi imperceptible: antes de que te des cuenta, ya has caído en la trampa. La ironía me sirve para vigilarme, y también quizá para hacerle saber al lector que estoy atento, que me vigilo. Como ves, asoma de nuevo el moralista que ama la poesía pero está en pugna con ella.